18 oct 2006

Instinto II


Nunca se podía estar tranquilo en casa de mamá Lupita, era a lo largo del día un escándalo interminable: si no era el canario, era el loro o los periquillos peleándose siempre. No había hora de descanso y mucho menos si Rita paseaba frente a ellos.
Mientras desayuno, comparto mis recuerdos con las paredes del cuarto, quien me escucha ahora no le importa lo que siento. Me duele la quijada cuando mastico, pero eso no detiene las remembranzas y aún sentada aquí en la cama de un hospital, no me arrepiento de lo que he hecho, y de ser posible lo seguiría haciendo; sobre todo saldría al jardín de atrás para dispararles a esos repulsivos pájaros que se posan en los árboles y arbustos. No hay ventanas en mi cuarto, me encuentro incomunicada con la naturaleza, no veo el amanecer ni el atardecer, pero cada vez que paseo por el frente del jardín miro de lejos los gorriones y palomas, agitando sus alas, peleando por una migaja de pan. Lo percibo, me observan también; me odian, me tiene miedo, puedo sentir como sus plumillas tiemblan. Sus ojos se pierden buscando una salida. Puedo oler su miedo. Corren, vuelan torpemente, pero nunca será suficiente para que escapen de mi ira. Sólo recordar sus sucias patas, su pequeño cuerpo que es más frágil cuando los tienes en las manos, me da asco.
Mientras desayuno, comparto mis recuerdos con las paredes del cuarto, quien me escucha ahora no le importa lo que siento. Me duele la quijada cuando mastico, pero eso no detiene las remembranzas y aún sentada aquí en la cama de un hospital, no me arrepiento de lo que he hecho, y de ser posible lo seguiría haciendo; sobre todo saldría al jardín de atrás para dispararles a esos repulsivos pájaros que se posan en los árboles y arbustos. No hay ventanas en mi cuarto, me encuentro incomunicada con la naturaleza, no veo el amanecer ni el atardecer, pero cada vez que paseo por el frente del jardín miro de lejos los gorriones y palomas, agitando sus alas, peleando por una migaja de pan. Lo percibo, me observan también; me odian, me tiene miedo, puedo sentir como sus plumillas tiemblan. Sus ojos se pierden buscando una salida. Puedo oler su miedo. Corren, vuelan torpemente, pero nunca será suficiente para que escapen de mi ira. Sólo recordar sus sucias patas, su pequeño cuerpo que es más frágil cuando los tienes en las manos, me da asco.

Yara Kazan

1 comentario:

Anónimo dijo...

es un cuento genial. y felicitaciones por la publicacion.